¿Quién no ha leído o visto en pantalla la historia de “El Principito” ? la famosa novela del escritor francés Antoine de Saint-Exupery que justamente esta semana cumplió 73 años desde su publicación; la historia del niño perdido en el desierto que busca volver a su planeta y reencontrar la rosa que dejó. Incluso el año pasado se lanzó la nueva versión película que mezclaba con pudor y perfección la original novela con el nuevo relato de una niña que a través del Principito re descubre su infancia y el placer del mundo a través de los ojos de la niñez.

Esto nos recuerda que si miramos atrás veremos que durante nuestros primeros años nuestro cerebro estaba vacío de creencias, reglas y toda la información que al ir creciendo formó el carácter que tenemos hoy; pero antes de todo eso éramos completamente libres de limitaciones, complejos y dudas; cuando éramos niños simplemente nuestra ingenuidad nos permitía lanzarnos a locas aventuras y nuestra capacidad de asombro nos empujaba a seguir descubriendo cosas; éramos creativos, soñadores, sinceros, sin preocupaciones y muchos más abiertos para conocer otras personas porque no teníamos miedo de expresarnos, ni de preguntar, ni de pedir o dar, era natural que el Mundo estuviera ahí para explorarlo y para nutrir nuestra imaginación.

A medida que fuimos creciendo la sociedad, la familia y en general el entorno se encargó de irnos encasillando bajo patrones de conducta que nos fueron desconectando de nuestra niñ0(a) interior y fueron haciendo de nosotros un reflejo de las circunstancias que vivimos; quizás algunos contaron con la suerte de desarrollarse en medio de palabras como “estamos orgullosos de ti”; “eres muy inteligente”; “no importa, mañana lo harás mejor!”; que los llevaron a empoderarse de confianza en sí mismos y de sus propios logros. Otros sin embargo fueron hostigados por un entorno que marcó sus vidas de una forma negativa formando en ellos traumas y heridas emocionales que bloquearon ciertas áreas de su personalidad.

Ser adulto no es sinónimo de aburrimiento y moral; crecer no debe ser una cárcel de formalismos y etiquetas donde debemos aceptar ser infelices; Madurar simplemente debe convertirse en conservar todo lo bueno de cada etapa vivida, equilibrar lo racional con un toque de espontaneidad y amor que solo un niño puede tener.

Por todo esto para avanzar en plenitud es importante Despertar la niña interior, reconocerla, sanarla, escucharla y jugar con ella nos hará disfrutar absolutamente de quienes somos; volver a reír, reconectarnos con la esencia, poner más energía a las cosas que hacemos, dejar atrás el daño que nos causaron y que ya no podemos cambiar, pero si superar; romper los estándares, disfrutar de cada pequeño momento y revivir la creatividad que nos hace convertirnos en seres más humanos, más completos, más al servicio de otros para construir un mejor presente.

No pierdas el camino a tu interior porque es allí donde residen todas las respuestas, reconcíliate con tu versión infantil y permítete redescubrir el mundo con la mirada del corazón.

Angela Sarmiento

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